Aburrimiento


Cuando el príncipe Adrián se aburría se ponía de lo más insoportable.
-Me aburro -se quejaba a la reina.
-Me aburro -le contaba al rey.
-Me aburro -se quejaba a su paje.
-Me aburro -le decía a la cocinera, el jardinero, los guardias, las doncellas, el bufón, las hormigas, los pájaros y a un señor con mostacho que pasaba por allí.
Por fortuna, esto no solía pasar muy a menudo ni duraba demasiado.
Hasta que llegó un día que, nadie sabe por qué, el aburrimiento no se iba y el príncipe Adrián estuvo todo el día quejándose de aburrimiento en todos los tonos de voz posibles.


Lo decía muy bajito.
-Me aburro.
Lo decía gritando:
-¡Me aburro!
Lo decía triste.
Lo decía enfadado.
Lo decía al revés:
-Orruba em.
En inglés:
-I’m bored.
Y hasta lo intentó en japonés.
Lo decía haciendo el pino, saltando a la pata coja, cantando como un tirolés y hasta hablando en chino.
Y siguió diciéndolo hasta que se fue a dormir.
Y al día siguiente, igual.
Y al otro.
Y al otro.
Y pasó una semana y el príncipe Adrián seguía aburrido.
Su hado padrino, preocupado, fue a hablar con los reyes:
-Me he enterado de que el dragón Aburrimiento está a punto de llegar al reino para raptar al príncipe y llevarlo a su reino, Aburrido, donde pasará el día junto a otros príncipes sin nada que hacer y bostezando.

-¿Qué podemos hacer? -preguntó el rey- ¿Llamo a los magos? ¿Busco brujas? ¿Tienes tú algún hechizo?
-Nada de eso funciona -contestó el hado padrino-. Lo único que puede salvar al príncipe es que deje de aburrirse. No hay nada que espante más al dragón Aburrimiento que un príncipe pasándoselo bien. Pero tiene que hacerlo él solo, nada de ayuda. El príncipe debe aprender a no aburrirse sin ayuda.
Y así se le dijo al príncipe Adrián.... que no hizo mucho caso y siguió con su me aburro por aquí y me aburro por allá.
Hasta que el dragón Aburrimiento llegó a las mismas puertas del castillo y pidió que le entregaran al príncipe:
-Si en dos días no me lo habéis entregado -dijo el dragón Aburrimiento-. Yo mismo entraré a por él.
Entonces, sí que se preocupó el príncipe Adrián que, inmediatamente, se puso a buscar cosas con las que no aburrirse.
Lo primero que se le ocurrió, a saber por qué, fue ponerse a cantar.
Cuando comenzó a aburrirse de eso se puso a saltar a la comba.


Cuando eso también lo aburrió corrió a por su pelota.
Naturalmente, al rato se cansó, así que pasó a jugar al pilla pilla con su sombra.
Luego jugó con muñecos.
Se le estaban acabando las ideas cuando, al mirar al dragón Aburrimiento, vio que había comenzado a desaparecer.
Pensó con más fuerza.
Se sentó en el jardín y miró las nubes imaginando formas.
Jugó a que era un valeroso caballero.
Subió a los árboles.
Imaginó que era un pirata.
Hizo pasatiempos.
Dibujó.
Y, por fin, ya agotado, se metió en la biblioteca y leyó hasta quedarse dormido.
Tan dormido que no oyó el rugido que lanzó el dragón Aburrimiento al desaparecer.
Desde entonces, el príncipe Adrián, no ha vuelto a quejarse de aburrimiento. No porque no se aburra sino porque, cuando se aburre, usa su imaginación para encontrar algo divertido que hacer.

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