Boo y Ties

Aquel par de botas habían sido hechas para andar por campos y montañas, de acá para allá, de un lado para otro, para arriba y para abajo, pero habían tenido la mala suerte de haber sido compradas por un señor que nunca salía de su barrio.
Boo y Ties -que así se llamaban- querían viajar, ver cosas nuevas, respirar el aire fresco, helarse de frío, achicharrarse de calor y, sobre todo, conocer mundo, mucho mundo y allí encerradas, se estaban poniendo cada vez más mustias y tristes.
Cierto día alguien dejó la puerta del armario abierta.
Boo y Ties miraron aquella puerta y se miraron entre ellas, volvieron a mirar la puerta y volvieron a mirarse, y así varias veces, hasta que, pasito a pasito, con mucho cuidado, comenzaron a avanzar.

Llegaron hasta la puerta y ahí se quedaron, bajo el perchero, quietecitas y asustadas. La puerta estaba cerrada. Boo y Ties permanecieron pegaditas a la pared, mirando fijamente la puerta, sin saber qué hacer. Entonces la puerta se abrió y las botas salieron corriendo por ella, tan deprisa, que se pisaron los cordones la una a la otra y acabaron rodando escaleras abajo hasta la calle.
Y allí se quedaron. Atontadas, pasmadas y asustadas.
Tras varias horas de estar allí, sin que se atrevieran a moverse, alguien las cogió,  las miró, las remiró y decidió quedárselas. Era un agricultor con el que vivieron bastante contentas hasta que descubrieron que con él no iban a ver nada más que el pueblo y el campo que labraba. Luego las encontró el guarda de una finca cercana con el que ocurrió más o menos lo mismo. Tras eso fueron a parar a los pies de un excursionista que hacía pocas excursiones, a los de un chico que las usaba para jugar al fútbol y a los de un señor mayor que sólo se las ponía para ir a comprar el pan y el periódico...
 Después de su última fuga Boo y Ties, viejas y estropeadas, acabaron en un contenedor de basura. Las botas se sentían tristes y cansadas, y allí esperaron, acurrucadas en aquel lugar oscuro y apestoso, a que llegara el camión y las llevara al vertedero.
Pasado un largo rato se alzó la tapa del contenedor dejando entrar la luz del sol, el aire fresco y una mano que, tras revolver un poco, topó con Boo y Ties. La mano las sacó del contenedor, las bajó hasta sus pies y, con una gran sonrisa de felicidad se las puso y echó a andar con ellas.
Una hora más tarde aún seguía andando.
Y siguió andando día tras día, visitando nuevos lugares, pueblos, ciudades y países.
Boo y Ties, por fin, fueron felices.




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