Corazones mágicos

Este cuento de hoy va dedicado a Oliver Herrero, fundador del blog Con un poco de ti y fallecido hace escasos días. Hace un tiempo creó una pequeña antología de cuentos sobre la leucemia(Te puede pasar a ti) cuyos beneficios han ido a la Fundación Josep Carreras en la que tuve el privilegio de participar con mi cuento Pedrito Pablito y el cuento que hoy os dejo iba a formar parte de otra antología (también creada por él) de cuentos para concienciar sobre la importancia de la donación de órganos. No sé si seguirá adelante o no pero, de momento, y siguiendo el ejemplo de Eliz Segoviano, lo dejo aquí para añadir mi pequeño granito de arena a su lucha y como pequeño homenaje a un luchador...


 

En un lugar muy lejano que no sé dónde está, al que nadie sabe cómo ir, que no he encontrado en ningún mapa y del que nadie conoce el nombre, vivían una bruja generosa y un hada egoísta.
Brubruja Pituja, la bruja, se pasaba todo el día ayudando a los demás, buscando hierbas para hacer sus pociones medicinales, cuidando a los animales de las granjas, haciendo compañía a los más ancianos, jugando con los más pequeños... Brubruja Pituja, era tan buena y generosa que casi no parecía una bruja.
En cambio, Fruta Escarchada, el hada, no se preocupaba de nadie que no fuera ella misma y estaba todo el día revoloteando de acá para allá, de allá para acá, de abajo para arriba y de arriba para abajo, poniéndose flores en el pelo, mirándose en los arroyos, en las charcas y hasta en las gotas de agua y preguntando a todo el que se encontraba:
-¿Verdad que soy muy guapa? ¿Verdad que soy preciosa? ¿Verdad que soy una monada de hada? 

Brubruja Pituja, la bruja, y Fruta Escarchada, el hada, no se llevaban demasiado bien. Tampoco es que se llevaran demasiado mal. Más bien no se llevaban de ninguna de las maneras. Brubruja Pituja pensaba que Fruta Escarchada era muy pesada, un poco atontada y bastante alocada. Y Fruta Escarchada pensaba que Brubruja Pituja era... era... era... bueno, la verdad es que no pensaba nada porque Fruta Escarchada no solía pensar en nadie que no fuera ella.
Y así vivían, cada una dedicada a sus cosas, sin molestarse, sin estorbarse y casi sin saludarse porque Fruta Escarchada estaba siempre tan concentrada en ella misma que la mayor parte de las veces ni se enteraba de que alguien pasaba a su lado. Pero un día -no recuerdo de qué mes ni en qué año- Fruta Escarchada comenzó a sentirse enferma, muy enferma, y perdió las ganas de revolotear en busca de flores para adornar su pelo, ya no quería revolotear presumiendo de lo guapa que era, no le apetecía mirar su reflejo en las gotas de rocío, dejó de salir de casa y hasta se olvidó de comer. 



El médico -que fue a visitarla por orden de la Reina de las Hadas- la observó muy bien observada, le hizo todas las pruebas que se podían hacer, le dejó unas pocas medicinas y voló rumbo a palacio para comunicar a la reina su diagnóstico: los corazones mágicos de Fruta Escarchada estaban tan débiles que apenas podían bombear la magia que el hada necesitaba para vivir.
-¿Y qué podemos hacer para ayudar a Fruta Escarchada? -preguntó la reina preocupada.
-Nada, majestad, a menos que alguien esté dispuesto a darle uno de sus corazones mágicos -respondió el hada médico.
Al poco tiempo todo el mundo conocía la enfermedad de Fruta Escarchada y todos  conocían la solución, pero ni una sola de las hadas ofreció uno de sus corazones mágicos para curarla.
-A mí me gustaría -decía Caramelo Ácido- pero me da mucho miedo.
-Yo lo haría -comentaba Helado de Vainilla- pero es que soy muy grande y necesito mis dos corazones.


-Supongo que podría darle uno -explicaba Piruleta de Fresa- pero ¿por qué tengo que ser yo? Ya lo hará alguna otra.
Y todas encontraban alguna excusa para no ayudar a Fruta Escarchada.
Pero pasó que un hada se lo contó a un duende, y el duende se lo contó a una ardilla, y la ardilla se lo contó a un gorrión y el gorrión se lo contó a Brubruja Pituja quien marchó inmediatamente a hablar con la Reina de las Hadas y con el hada médico:
-Las brujas -dijo Brubruja Pituja- también tenemos dos corazones mágicos y yo quiero dar uno de los míos a Fruta Escarchada.
-¿Por qué quieres hacer eso? -preguntó la reina muy sorprendida- Fruta Escarchada nunca ha sido amable, ni tú eres hada y ni siquiera sois amigas.
-Yo tengo dos corazones mágicos, con uno puedo vivir estupendamente, Fruta Escarchada necesita uno y yo se lo doy. Ayudo a quien lo necesita, me da igual si son amigos o no, si son amables o no, si son de mi familia o no. Me gusta regalar y dar, es bonito y hace que me sienta bien.

Las hadas que por allí andaban -incluida la reina- se sintieron muy avergonzadas de su egoísmo y entonces todas quisieron dar uno de sus corazones a Fruta Escarchada pero, tras hacer pruebas a todas ellas, resultó que los únicos corazones que servían eran los de Brubruja Pituja.
La operación se realizó inmediatamente y Fruta Escarchada comenzó a recuperarse. Despacito, poquito a poquito, fue recuperando el color y la risa, el apetito y las ganas de salir.
A partir de entonces Fruta Escarchada fue un poco menos egoísta y un poco más generosa. Seguía, eso sí, revoloteando en busca de flores para su pelo y mirando siempre su reflejo en arroyuelos, charcas y gotas de rocío pero ahora prestaba mucha más atención a los demás y un poquito menos a sí misma.
Y en aquel país lejano, que no sé dónde está, al que nadie sabe cómo ir, que no he encontrado en ningún mapa y del que nadie conoce el nombre, gracias a esta historia, todos sabían que si alguien necesitaba algo siempre encontraría a quien se lo diera con una enorme sonrisa porque los corazones mágicos de aquel país se habían vuelto aún mucho más mágicos gracias a la generosidad de Brubruja Pituja.

 



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